Notas
CRÓNICA EXCLUSIVA


01/02/2009

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RECORDAR


En cierto momento de la noche, la juventud que merodea la Plaza Próspero Molina desaparece. Al viejo estilo de los festivales pueblerinos, los amigos coinciden en un lugar o una casa y comienzan con una ronda de fernet y cerveza. Otros, más tranquilos prefieren directamente ir temprano a La Peña de Los Copla y cenar allí un buen locro santiagueño o una tira de interesante falda parrillera, vestido cruel del asado de hueso.

Alrededor de la una, la muchedumbre nota las mesas del inmenso galpón automovilístico y como sea, transporta las pocas sillas libres para llevarlas medianamente cerca del escenario. Todos están sentados y se disponen para escuchar a Eduardo Guajardo, un defensor y pensador social; las niñas de piernas cruzadas, se sientan en el suelo mientras los chicos desconciertan al cocodrilo y sacan a pasear su sueldo por la caja para comprar un porrón tras otro, un fernet tras otro hasta dejar en la piel, los poros de un hígado enfadado.

Ya con el hormiguero de gente, el Dúo Manque, entrega su arte para dejar el clima óptimo a los santiagueños percusionistas de La Repercuta. Algún loco bailarín, en su cuarta década de vida, hace una penosa y desvergonzada muestra del baile callejero y los aplausos le secaban su frente envinadamente sudada.

Sus remeritas verdes recordaban la noche que subieron con Arbolito, por eso La Chilinga, ofreció un espectáculo de solos y percusión provocadora que sin dejar de tocar, se disponían al lado del escenario para que la fusión de Rock y folklore reavive la intranquilidad. Para ver a Arbolito en la tarima principal había que meterse en el pogo de los fanáticos o verlos, pequeños a una legua de distancia. Esa pequeña pista de baile que estaba llena, mágicamente era una bola de paja del lejano oeste, moviendose lentamente como podía; no cabía un alfiler pero los bailarines se la rebuscaron cuando las chacareras del Dúo Coplanacu latían en el bombo de Julio Paz, la guitarra de Roberto Cantos, el violín de Julito Gutiérrez, y la sonrisa picarezca del bandoneonista Omar Peralta.

El recuerdo del disco en vivo, fue la reproducción intacta de los fanáticos en “Peregrinos”, cantando solos mientras el dúo ya había desenchufado todo pero como hermanos de coplas, volvieron para cantar una vez más el estribillo y despedirse.

Folklore en la sangre de la peña era la noche coscoína, Mity Myti, Emiliano Zerbini, Dúo Terral y Franco Ramírez pasaron por el escenario y en la pista, el alcohol conquistador poetizaba en la flor del beso, la esbelta presencia de las damas halagadas por cualquier “Jardín Florido” ante la atenta mirada de los arlequines, gigantes decoradores del escenario.

Los morrales pesan en la espalda, las sandalias ya son molestas y el suelo está fresco para tener un romance en contacto con la cementera vereda vehicular; los brazos en arcos triunfadores, un chasquido sonador en los dedos y la mirada puesta en el galán de turno para ofrecerle un poco de ilusión y amor en las zambas románticas. Todos saben bailar perfectamente y si no, siempre hay alguna moza que sabe, y en el caso que no se consiga, lo que se pueda hacer será bienvenido en el ámbito de fiesta y hermandad.

Una diferencia notoria con los boliches de música berreta y foránea, es que la humildad de la peña folklórica está en recordar los patios de la gente simple y humana, no hay peleas entre borrachos y ganadores, ni recelos y patovicas matones y en su mundo mayoritariamente juvenil, hay detrás, sentado con un vino natural, un abuelo admirando el arte de convivir y junto a este, la nieta con una coca cola y las ganas de bailar y disfrutar.

Allá a lo lejos, los cerros mostraban sus primeros picos verdes y a sus espaldas el sol aparecía recibiendo, para algunos, la hora del mate y las facturas, para otros, un poco de leche o agua helada para matar la resaca y a la cama, esperando la rutina de una nueva luna para esperar la madrugada y vivir la fiesta joven de peña y cultura folklórica.


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