Notas
CRÓNICA EXCLUSIVA

El santiagueño está de gira con su último disco 1972 y el viernes 29 de octubre hizo la presentación en Córdoba. En esta nota algo de lo que pasó, en una noche que desde el principio y hasta el final fue muy especial.


05/11/2021

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RECORDAR


A la hora anunciada para el show faltaba mucha gente para entrar a la sala de Quality Espacio. La impuntualidad a veces no se entiende ni se comparte, menos en una presentación así. Pero esa molestia se acabó instantáneamente cuando entró Raly, faltando pocos minutos para las diez de la noche. Raly Barrionuevo sí es puntual, sabe manejar los tiempos de su carrera, de su voz, de sus ganas y hasta para sacar este disco. Un trabajo que estuvo once años en espera.

Cuando entró agitando los brazos y la sonrisa de oreja a oreja, parecía el nene de ocho años de la foto que estaba detrás de él. “Hace mucho no me ponía nervioso” dijo un Raly Barrionuevo que se mostró contento y conmovido desde el inicio. Un inicio que tuvo una “pequeña introducción para poder contextualizar la presentación”.

Córdoba significa mucho para el cantautor nacido en Frías. Tal como dijo, su historia en La Docta es parecida a la que canta León Gieco en Del mismo barro. “Desde la primera vez que llegamos a Córdoba me pasaron muchas cosas, por eso tocar estas canciones acá significan muchísimo”, afirmó.

“Estas canciones” como las llamó y que fueron la primera parte del show, conforman “1972”, un discazo por donde se lo mire. No sólo por los clásicos que suenan y empiezan un viaje en el tiempo, si no por la historia que tienen detrás y hacen que viajemos en el tiempo de los Barrionuevo.

  El living de su casa  
“Es muy fuerte todo esto”, dijo un Raly inmerso en esa “especie de living” que fue el escenario con fotos familiares. Incluida la de la tapa del disco, donde se ve a su madre Olga del Carmen Toledo, junto a su hermano Daniel y Segundo Rosario Barrionuevo, su padre. Lo particular de la foto es que parece un collage, con una parte pegada: “Cuando se muere mi madre, como una especie de profanador entré al neceser de mi mamá y encontré la foto completa. Apenas la vi el primer impulso fue tomar cinta skotch y pegarla. Esas son esta canciones, que a veces nos unieron, otras veces las canciones nos separaron, pero hoy seguramente los unen de nuevo a mi madre y mi padre”. Ese fue el puntapié del disco: re armarse en historias, en canciones, unir al padre que se fue cuando era muy chico, con su madre y contarlo a partir de las canciones.

Los que completaron el “dream team” fueron Daniel Barrionuevo -su hermano- en el bombo; Luis Chazarreta en guitarra -arreglador del disco AM y de éste, una especie de Steve Vai del folklore-; Leonel Guzmán, suplantando a Carlos García, quien grabó el disco y así poder llevar a cabo los shows; y Marina Ábalos. La hija de Adolfo, de los Hermanos Ábalos que apareció gracias a “una especie de conjuro” que hizo Elvira Ceballos. Es que la “prócer de la música y cultura cordobesa”, fue “el alma del proyecto” y sin ella no tenía mucho sentido tocar el disco en vivo. Pero después desde algún lugar Adolfo y Elvira enviaron a Marina, para que esto pasara, para que se aceitara la máquina de “1972” y nos pudiésemos adentrar al universo de Raly.

  Sensaciones prendidas dentro del alma  
Si esta nota se extiende, es porque el show duró más de dos horas y media. Es que Raly desde el vamos se entregó a lo que, en palabras sin música, se había encargado de generar: un ambiente ameno, “un puente que conectaba a momentos y personas”, que embelleció aún más con “el valsecito que cantaba su padre” Amémonos. Este aparecerá en todo momento, inclusive en la historia superada de Raly que no lo vio por décadas hasta que gracias a su ex pareja, Mariana, lo fue a buscar. No hablaron, pero sí se pusieron a cantar el segundo tema de la noche: Zamba de la añoranza.

Una a una las emociones se fueron sucediendo, para abrazar los recuerdos de un changuito nacido en Frías; para conocer más a su madre, para aceptar a su padre, para homenajear a Elvira; para disfrutar del abanico musical con el que se crió en la frontera con Catamarca y que reversionó de la mejor manera. Por eso sonaron diferentes temas, con sonoridades que lo fueron formando: los valses A unos ojos, que era “el hit que cantaba su padre” y Al jardín de mi madre, que fue lo primero que cantó con público en su colegio con ocho años; el Gato de mis pagos; las chacareras La ene ene, La de los angelitos y Si yo fuera río, cuyo autor fue conocido gracias a Jacinto Piedra;  música de la región cuyana en Calle Angosta y Febrero en San Luis -hechas de una manera tan hermosa- y Vallecito, del gran Buenaventura Luna que como “otros grandes autores” Raly dice “recibir mucho saberes y conocer lugares que no hemos visitado, porque de algún llegan a fibras que es difícil llegar de otra forma”. Por eso Raly ya se puede sentar en la misma mesa que ellos.

Los valses Achalay mi mama, de Linares, y Patio de la casa de Ramón Navarro, quien acompaña con su voz al comienzo, terminaron la primera parte de un show. Dedicándola a quienes se han criado con un vínculo muy especial con el patio de las casas de los padres y abuelos” Para esos patios que van con nosotros, con sus olores, sus recuerdos, sus juntadas…

  El patio de Raly  
Luego de la brillantez de Luis Chazarreta y Leonel Guzmán, en un pequeño intervalo para el deleite del público, como había anticipado el cantautor volvió sólo y con su guitarra. Faltaba un fogón, taparse con algún poncho, abrir un vino y quedarse hasta el amanecer cuando “se copó” en su momento “a solas” con la gente. Luna cautiva, Ey paisano, Cuarto menguante, La niña de los andamios (para su madre) y Mi esfera de cristal (para su padre) y “para que no haya discusiones arriba; Y seremos agua, Tu memoria y tu mañana, se convirtieron en un momento tan íntimo y placentero, que sólo se cortó con algunos gritos pidiendo tal o cual tema, como Zamba y Acuarela. “Ya es una especie de Muchacha ojos de papel” dijo medio en broma medio en serio.

La última parte del show, fue el amanecer o el mediodía en el patio o como lo definió Raly: “El momento Ábalos donde se pudre todo”. Pero en la voz de él pudrirse significa florecer y entonces se armó la peña, cuando sonaron clasicazos de nuestra música y de “primera mano”, con Marina Ábalos. Ella y él no sólo se pusieron al hombro la fiesta, si no los sacos que colgaban en un perchero. Piezas de museo que pertenecieron a “Machingo” y Adolfo Ábalos. Vestidos para la ocasión sonaron Nostalgias santiagueñas, Chacarera del rancho, Agitando pañuelos, mezcladas con canciones de Radio AM, como para homenajear en piano a Elvira como La pulpera de Santa Lucía, o Zamba de usted y otros clásicos como El huajchito, Chacarera del sufrido y los que ya son del mismo Raly: Chacerera del exilio, Alma de rezabaile, Somos nosotros.

El final encontró a toda la gente parada, bailando y disfrutando. Igual que al cantautor que hizo lo mismo arriba del escenario. Porque se mostró contento desde un principio, iba a ser muy especial para él por estar presentándolo en la provincia que lo adoptó y por pasar por “varios estados durante todo el show”, en gran parte por su nuevo disco “1972”.

El mismo que fue presentado junto a la escritora María Teresa Andruetto en una extensa, hermosa y profunda charla grabada en Unquillo, porque al no estar Elvira Ceballos no “tenía mucho sentido”. En esa conversación la María Teresa le dijo que este disco era “recuperación, memoria, duelo, despedida, reconocimiento, celebración”. En otras palabras es reconciliarnos con el pasado, para rea(r)marlo con canciones que son como una cinta skotch resistente, recordarlas en este presente y celebrarlas de cara al futuro. Un futuro que si es escuchando a Raly, fortaleza cardinal del nuevo tiempo, será mejor y mucho más lindo.


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