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NOTA DE INTERÉS


09/07/2021

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RECORDAR


Un día como hoy, hace exactamente diez años el mundo perdía a uno de sus juglares más relevantes: Facundo Cabral era  asesinado en Ciudad de Guatemala el 9 de julio de 2011 por sicarios que lo confundieron con un empresario vinculado al narcotráfico.  Cinco años antes, en 1996, la Unesco lo había declarado “Mensajero mundial de la paz” y en 2008 fue nominado al premio Nobel de la Paz.

Como una broma de mal gusto, las armas que el cantor detestaba, lo alejaron de este plano, a él que solo supo empuñar una guitarra, que en su extensa carrera difundió -como pocos- mensajes de esperanza, lucha y superación.

Había nacido el 22 de mayo de 1937 en La Plata, abandonado por su padre, pasó una infancia de privaciones,  revolvía la basura para comer, fue alcohólico prematuro y analfabeto hasta los 14.

A comienzos de los años 60, Cabral pedía que lo llamaran Indio Gasparino y hacía sus primeras presentaciones inspirado en Atahualpa Yupanqui y José Larralde.

Una década más tarde, cuando grabó "No soy de aquí, ni soy de allá", comenzaría a ser llamado Facundo Cabral y a ser conocido fuera del país.

Grabó más de una decena de discos y publicó varios libros, pero sobre todo dejó un inmenso legado en la historia de la canción latinoamericana. Para recordar su impronta única, FolkloreCLUB dialogó con Pedro Solans, quien fue su amigo  y aún sostiene su herencia.

   UN ARTESANO DE LO VIVIDO   
“El último libro de Facundo Cabral fue una idea de él a pedido mío. Me dejó un puñado de poemas y reflexiones en un cuaderno y yo le agregué las vivencias de nuestras charlas. En el  verano del año 2008 nos reencontramos. Nos habíamos conocido en 1983 en Santa Fe cuando él estaba de gira con Ferrocabral. Yo le insistía que escriba para El Diario de Carlos Paz y antes de irse al final de la temporada sin saludar ni avisar dejó en la caja de la parrilla Rancho Porá donde almorzamos todos los días un cuaderno y le dijo al cajero que me lo entregara.

Cuando llegué, como todos los mediodías a almorzar con él, me dicen que se fue y me dan el cuaderno y una esquela. ‘Che Pedro, publicalo cuando yo me muera, solo respetá mi caligrafía...’ y en la primera página estaba la dedicación ‘por las horas compartidas’”, describe el periodista Pedro Solans sobre el volumen que se editó en 2013.

“Ese verano se hospedó en la hostería Mesón de la Montaña en Villa Carlos Paz. Por primera vez, iba a quedarse toda la temporada en las sierras cordobesas, y era un reto para él. Llegó por iniciativa de su amigo y fanático de sus canciones y mensajes, el humorista Cacho Garay, quien lo respetaba hasta la admiración. Ambos  presentaron  la obra Garay esquina Cabral, en la sala del Teatro del Lago. Ese verano fue raro. Garay se enfermó y el poeta mutó. Cambió de planes. Sacó paciencia de las copas de vino y vivió un verano a su manera: Con el tiempo serrano, la soledad envuelta en su camisa de jean y los amigos que sumaba en sus tertulias. Había poesías, recuerdos de viajes y siestas estiradas sobre una mesa en la parrilla El rancho. Los almuerzos duraban hasta las 6, 7 de la tarde”, narró

 En seguida comentó que “Villa Carlos Paz era novedosa para él”, y prosiguió “Se asombraba de lo irreal; aunque decía que no llegaba a ser una ficción, ni una postal del realismo mágico, algo que suele encontrarse fácilmente en las sierras de países de Centroamérica o de la
misma Colombia, o del mítico México. Claro, -sentenciaba-, ‘tampoco es Miami ni Buenos Aires’".

“Quería caminar como Jorge Luis Borges, y lo hizo, pero con una joven hermosa y pícara rubia. Carolina. Que una mañana desapareció de la hostería. Se había ido sin saludarlo, y se dio cuenta que era una punguista cuando la vio en las páginas policiales de El Diario. Se reía de la noticia”, apuntó.

   SOLUCIÓN DE CONTINUIDAD   
Rememorando al trovador, indicó que “se reía de quienes lo reconocían y le gritaban: ¡Chau Facundo! O le tarareaban alguna de sus canciones”, y puntualizó: “Caminaba lento, muy lento, cuando tanteaba los senderos de las sierras que rodeaban la hostería. Parecía que auscultaba las rocas con el bastón, y de repente, se detenía de golpe. Miraba para arriba y respiraba profundo. En esas soleadas mañanas de enero, elegía algún desconfiado o desprevenido, para contarle con paciencia que  escuchaba  las voces milenarias de las piedras, y  golpeaba su bastón con delicadeza las rocas brillosas de mica”, dijo.

Solans reveló también que Cabral “Llegaba en un taxi a horario, tanto de día como de noche. Su ingreso a la parrilla se había tornado un acto solemne. Los mozos salían a recibirlo. Se turnaban Horacio Benítez y Cacho Cortez. El poeta se detenía a saludarlos. Cuando estaba Cacho Cortez. Le preguntaba con su mejor  voz aguda:
-¿Cachito, cómo estás. A cuánto está hoy la peperina?  Luego seguía sus pasos hasta la caja, donde saludaba a Sebastián  Woodward, ante la mirada atenta de parroquianos y turistas.
Siempre en la misma mesa. Siempre el mismo vino. Siempre el bife de chorizo. Los anteojos oscuros ponían distancia. La gente lo seguía de reojo.  Allí solía poetizar, profetizar y hasta declaró su amor a la vida carlospacense”, subrayó.
 
“En la figura de Facundo descubrí que hay una solución de continuidad entre la palabra y la música, o mejor dicho hay una sola música. En él se confundían la realidad y la ficción. Ya no importaba si las conversaciones con él eran verdades o fantasías, lo que importaba era que hacía bien al espíritu.  Muchas veces, pensé que él no sabía qué iba a decir cuando se sumía en el silencio y solo miraba. Y para mí fue un gran poeta, un decidor, un trovador callejero, un artesano de lo vivido. Él moldeaba la forma de vida que quería vivir. ¿Quién puede escribir No soy de aquí, ni soy de allá, o la milonga de Pedro Mendizábal, o Pobrecito mi patrón, o Vuele bajo?  Solo quien callejea, quien tiene como  horizonte el asombro”, concluyó.

Con este puñado de anécdotas, diálogos y reflexiones, Solans deja claro que la herencia de Cabral no está caduca, sino todo lo contrario. No es un cliché decir que pervive en sus melodías  y enseñanzas, es un acto de justicia y de verdad. Porque el pueblo de América Latina, diez años después de su lamentable partida,  aún lo canta y sostiene su nombre, en agradecimiento por todo lo que Facundo sembró entre los bosques del arte, en forma de poesía y de canción.


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