Notas
ENTREVISTA


04/01/2021

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RECORDAR


Autor de  algunos de los paisajes sonoros más sensibles  del folklore, como “Cuando tenga la tierra” o “El Antigal”, entre muchos otros, Daniel Toro festejó ayer ocho décadas de vida. El prolífico compositor salteño asomó al mundo un 3 de enero de 1941 y ha sembrado canciones inolvidables y necesarias para el acervo nativo.

En diálogo exclusivo con FolkloreCLUB,  repasa su carrera, describe la particular trastienda de “Zamba para olvidarte”,  recuerda a Ariel Petrocelli y adelanta detalles de  “El nombrador”, el documental realizado por Silvia Majul, con la producción de su hija Daniela, que recorre su historia.  “Todos somos pequeños universos”, asegura, con el espíritu intacto.

¿Cuáles son las mayores alegrías que le ha dado la música?
Que la música y mi canto hayan llegado a gente que se acercó a mí  y que hoy son un resultado hermoso. Voy a vivir hasta que pueda muy agradecido de todos ellos,  del acompañamiento de ellos, me ayudó mucho.
Creo que lo mejor es la alegría de haber intentado dejar algo que tenga un valor positivo en cuanto a lo cultural. No hacer cualquier cosa, que significara un pecado para lo que fue mi carrera. Aunque mis pecados tengo, pero por pedidos de la gente que trabajaba en este negocio del disco.
He logrado hacer algunas cosas y estoy contento, pero lo más importante para mí es haber podido componer, a pesar de tantas cosas que me faltan hacer, canciones de mucha importancia. Y con el tiempo ya lo dirá la historia mía: que no viví porque sí nomás.
Soy un hombre convencido de que he sido un protegido por Dios, ese Dios inmenso. No se puede llegar a él así nomás, sin embargo él me dio cosas importantísimas para mi carrera, para mi música. Y el comprender y vivir aprendiendo todos los días.

Su huella en el cancionero latinoamericano es imborrable. Muchas de sus canciones se han convertido en clásicos ¿recuerda haber disfrutado particularmente de crear alguna, al vincularse además con grandes poetas?
Sí por supuesto. He tenido la suerte de  que Dios me iluminó para saber elegir gente importantísima, a pesar de que todo el mundo,  cuando yo en algún momento fui número 1 (y ahí aprendí que no sirve de ser número uno)  se te arriman porque cree que esto es muy fácil y ellos no tenían la cosa pensada o buscaban como una cosa que signifique un rédito notorio en cuanto a su vida, pero no han tenido mucha respuesta mía.
Gracias a Dios encontré al primero que me enseñó, y aprendí muchísimo de él: el poeta, escritor y para mí, profeta: Ariel Petrocelli.  Porque en muchas de las cosas que están pasando me hizo abrir los ojos para darme cuenta y poder poner este tipo de música y ser un compositor. No me considero el mejor pero tampoco el peor. Pude ser un compositor con la maestría de Ariel Petrocelli, gracias a sus letras. Las primeras músicas que  le puse a  Ariel Petrocelli fueron “Para ir a buscarte” y también “El Antigal”, y muchas otras más. Ariel para mí es un profeta, increíblemente para mí es perfecto.
Después conocí en la radio a un bonaerense: Néstor César Miguens,  nacido en Avellaneda, bonaerense no porteño. Quiero decir que no estoy en contra ni de los porteños ni de los bonaerenses, y recuerdo que era muy feliz cantando mis cosas dando realmente lo mejor de mí.
Con ese gran hombre hice dos largos CD. Le decían “el pescado” porque pescaba lo mejor del amor y de la naturaleza para volcarlo en su poesía.  Y yo humildemente pude  musicalizarla.

¿Podría contarnos la anécdota que hay detrás de Zamba para olvidarte, la obra que hizo junto a Julio Fontana?

La anécdota increíble fue que de Cosquín me mandaron una carta diciéndome que por qué no mandaba un tema para que participe en un concurso que se hacía justamente en ese festival, en esa fecha, pero me agarraron faltando una semana y después me iban a contestar si tenía tiempo de participar. Me llamaron dos días antes para decirme que sí participaba. Entonces me piden una zamba,  una canción y yo no tenía música, tampoco tenía un letrista en ese momento. Era tan poco tiempo para inspirarse. Entonces, me acordé de que conocía al gran César Perdiguero salteño. Y con él había hecho una música que hablaba de Salta y del amor en Salta.  Era de un cantor que estaba enamorado,  pero que no era correspondido. Esa zamba dice: “Salteña y azul la zamba /tierno y sentido el cantor (…) enamorada la voz temblorosa la guitarra (…) salteña y azul la zamba/y herido su corazón”.
Tiene una música muy linda esa zamba y yo me acordé que había quedado arrinconada en algún lugar, porque tenía muchas propuestas de todos lados. Y me acordé de esa melodía que me gustaba mucho. Entonces hablé con Julio Fontana, que también es bonaerense -nacido en 9 de Julio-,  y él me dijo ¿vos pensás que yo soy Mandrake o que me va a inspirar Mafalda? Voy a intentar,  pero no creo que pueda mandar nada. “Vamos -le digo- querido maestro,  usted pertenece a los grandes hombres, y sé que me va a llamar para decirme que ya está la letra”. Y así pasó. Y yo le mandé la letra,  digamos,  pidiéndole la historia de un amor que se fue, y que el intérprete -herido-  no quiere volver con ella. Por eso se llama “Zamba para olvidarte”. Y yo le mandé la melodía grabada. Le pasé la métrica con los números  (canta las notas de la zamba y dice) "setenta, noventa y siete. Dos, treinta y cinco, tres dos. Cuatrocientos veintiséis”.

Entonces, los primeros versos, fueron inicialmente números…
Claro. Y  me dice, mirá lo que vengo a aprender yo ahora, que soy profesor de historia, que se puede hacer así la letra. Entonces le di eso y parte de la melodía grabada para que fuera preciso. A las 5 de la mañana me llamó. La señora,  Kuki, me apoyó. Le dijo: “Él es Daniel Toro. No podés decirle que no”. Ella escuchaba y ha elegido las letras. Y realmente le acertó, porque era lo que yo quería. Y Julio, por supuesto, un maestro de las ideas y los versos. Su decir “porteño”, creo que la zamba entró mucho por eso: “No sé para qué volviste /si ya empezaba a olvidar/ no sé si ya lo sabrás,/lloré cuando vos te fuiste/no sé para qué volviste,/qué mal me hace recordar”- La zamba entró mucho por eso en Buenos Aires. Allí  fui número uno, no por mucho tiempo,  por seis meses, pero fui primero en el ranking cuando la grabé.
Bueno, cuando él me manda la letra, le digo: “Julio, con esto ganamos Cosquín”. Y él me decía: “Mirá,  me gusta porque sos muy optimista. Por eso estás donde estás, porque además te considero el mejor de los melodistas en el folklore”. Sabés que yo no estoy de acuerdo, pero a mí me venía bien que me diga eso, porque existe un Cuchi Leguizamón, existieron Ariel Ramírez y Eduardo Falú. No puedo considerarme el mejor compositor.

Son distintos…
Claro, somos distintos. Y luego llegó allá (a Cosquín) y la defendió un chico de apellido Morelli, Agustín. Un amigo que después perdí el rumbo con él, como perdí el rumbo con muchos amigos. Porque mi carrera ha sido muy, muy compleja.  A veces me alejaba de todos ellos. Y cuando me encontraba era como un carnaval para mí, de la alegría. Y ahora hace tanto tiempo que no los veo, pero sé que si sale esto, ellos se van a estar  contentos de que por lo menos Silvia Majul y mi hija, Daniela Toro, se han ocupado de hacer una especie de film documental. Y a mí me gusta cómo va yendo esto, ya le he dado el visto bueno. No me ha costado mucho, porque son muy expertas las dos.
Mi agradecimiento en especial a Silvia, porque no es la primera vez que ella me ayuda. Cuando estaba mal en Córdoba también me ayudó y me sacó adelante. Y ahora con mi hija y esa  breve historia del documental. Realmente me hace sentir contento porque la veo cosas a Danielita no solamente como cantante,  sino también como una especie de productora. Y eso me llena de alivio y de tranquilidad,  porque no queda sola… siempre voy a estar yo.

Ayer celebró  80 años de vida ¿cuáles han sido los mayores aprendizajes en ese extenso transitar?
Mi mayor aprendizaje es que me di cuenta quién era yo, y me di cuenta de que aprendí a ser mío,  sin rechazar cosas que yo veía que estaban correctas. Me ayudó ser simple con la gente, amar a la gente así como soy: un individuo más. Pero no por ser un individuo más,  dejo de ser un mini-universo, como es toda la gente. Todos somos pequeños universos, de la comparación, de la inmensidad del cosmos. Nosotros somos apenas un átomo, pero en ese átomo tenemos sistemas muy parecidos a la vida, al universo, en cada ser que vive de la Tierra. Primero el hombre, y después las demás generaciones de las formas de  vida, desde un pájaro colibrí hasta un inmenso elefante. Realmente es algo con lo que yo, por ahí, empiezo a delirar, pero tengo razón, porque es tan maravilloso.
La gente dice “Yo quiero verlo a Dios” a Dios no lo vas a ver porque nosotros estamos dentro de él, pertenecemos a Dios. Y a ese Dios no lo vas a ver nunca, lo vas a sentir. Dios me ha dado la posibilidad de escribir un libro, de hacer tantas canciones que seguramente él me mandó aquí a la tierra, a cumplir con esta misión que estoy haciendo… la maravilla de conocer a tanta gente importante, respetar a mis colegas -especialmente a aquellos que eran buenos- y rogar que les vaya bien en su carrera, especialmente, en la música argentina -desde el tango hasta la chacarera- y la hermosa forma de vida que tiene zamba. Para mí, la zamba es lo más hermoso, me fortaleció y tiene mucha libertad. La canción es la madre de las músicas. De ahí se pueden hacer maravillas.
Todo eso yo no sé dónde lo aprendí, sale solo, viene a mí. Ahora he dejado de componer ya, un poco porque ya soy grande. Pero no nací al divino botón, a pesar de las tremendas contras que tuve, que le pasa al hombre pero conmigo ha sido bastante grave, en el sentido de la injusticia, por el hecho de que uno elige canciones testimoniales –porque mis canciones no son de protesta, son testimoniales- y cuentan una parte de la historia. Yo me voy contento. El día que vaya al otro lado de la vida, si puedo ser feliz ahí, voy a serlo. Y si no, ya lo fui.



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