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NOTA DE INTERÉS


26/01/2019

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RECORDAR


El último día del 2018, en un estado de red social se leía: “Lo bueno de que termina el año es que empieza Cosquín”. Podría decirse que era de alguien de la Municipalidad de la ciudad que nos reúne una vez más. Podría decirse eso, o que es el sentir de las personas que son llamados por las lunas más lindas, en el primer mes de cada año...

Porque Cosquín es eso. Es la magia de la música, es la emoción del baile. Es la profundidad de las palabras, que pujan contra los estribillos pegadizos. Es el federalismo hecho festival, es la raíz de la música popular, que emerge para darnos a entender que cuando la quieran olvidar, siempre estará. Y se transforma en chacareras, zambas, tonadas, chamarritas, huaynos, carnavalitos, coplas, etc, etc, etc...

Pensar en Cosquín, es hacerlo desde que las doce marcan el comienzo de un nuevo año. Lo piensan quienes van a mostrarse por vez primera y los consagrados; la gente que busca unos pesos más, para poder tener noches que son impagables. Y las noches, porque quieren vestirse de gala. Es el recuerdo latente del “viejo”, que siempre saca a relucir su pecho, cada vez que cuenta que bailó en el escenario mayor. Ese lugar, donde el Pre- Cosquín ha regalado cantidad y calidad. Lo segundo importa y mucho, para que el arte pueda cumplir con su función vital: conmover.

Fueron delegaciones de danza, canto, sentidos, sentimientos y pertenencias, que allanaron el camino para lo que viene. Para que no se muera nada del todo y sobre todo para que no se lo mate.

Cosquín, cada enero es eso. Es cultura latente. Memoria activa, el puño en alto de la tierra que se hace canción. Las historias que el viento nos cuenta, para que no olvidemos. Es la emoción a flor de piel, en cada peña. Porque allí el duende a veces, hasta baila más contento, se despierta de largas siestas aburridas y nos guía, en media de la oscuridad como lo hace el Pan de Azúcar.

Cosquín será esto y más: La San Martín convertida en un ciempies humano, la naturaleza pidiendo que no la dejemos de lado (ella siempre la mejor ruta a lo que anhelamos), el Río que inspirará zambas de Cantores Enamorados; cantoras que sigan luchando por un anhelo para que sea realidad, como la paridad en el escenario, y debajo de este. Cosquín se convertirá en nueve fiestas seguidas, que juntas hacen una.

Talleres culturales, para poder forjar el futuro; las historias de quienes ya son habitués, para no olvidarnos el pasado. Los, las y les artistas que esperan mostrar lo que saben, que es mucho y necesario. La inclusión de todas las personas, pero además de los géneros. Que ya perdió la gracia andar catalogando lo que nos hace tan bien. Porque la música es música sin más. Con nuestras tradiciones que la pintan a veces mejor, pero que en definitiva es universal. Y en esa universalidad hay que entender y dejarnos llevar por la diversidad, salpicado de tantos estilos y formas. Hay artistas que tienen algo que decir y sobre todo, tienen cómo hacerlo. No temerle a la renovación, para que esto siga siendo un camino y no un tramo que se frene.

Cosquín es donde se honra la palabra, con poetas que se encuentran para homenajearla; periodistas y comunicadores que trabajan con ella, para transmitir lo que pasa; prensas que acompañan a los artistas hasta la gente, construyendo un puente de arte y como quienes sacan fotos, capturando para siempre, lo que no puede contarse, lo que se entiende sólo con la mirada. Es un patio que se enciende, que resiste, que crece año a año desde el anonimato, hasta tener su propio nombre y las ganas de volver siempre, cuando se va la madrugada.

Porque Cosquín es eso. Música. Y en su nombre nos reunimos año a año, bajo la lluvia que bendice, el sol que acompaña, la Pacha que escucha, y quienes tienen la responsabilidad de mantener el legado. Ese legado de las mañanas amanecidas en la Real, de las palabras de imprescindibles como Atahualpa, Cafrune, Mercedes Sosa, Falú, Leguizamón, Guarany, Toro, Abalos, Gieco, Ávalos y tantísimos más, para que sigan siendo el norte, sin olvidar jamás el sur.

Porque Cosquín es eso. Los abrazos sin terminar, las amistades que se sellan de por vida, con la Plaza de fondo. Las lágrimas que nos llegan sin previo aviso. Los momentos que se nos guardan muy adentro, en lo más hondo para no perderlo. Para que nos marquen para siempre. Como cada vez que nos dejamos llevar por la música, la danza, la poesía, la palabra de los pueblos, el regalo de artistas. Como cada vez que se nos eriza la piel, cuando escuchamos el Himno, esperando volver a ver el milagro: cuando Cosquín empieza a cantar.


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