Notas
CRÓNICA EXCLUSIVA

La primera noche no dio respiro. De gran nivel musical y llena de emociones, la historia viva de la música tuvo su protagonismo, en el comienzo de una nueva edición.


Fotos: Diego Nucera

21/01/2018

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RECORDAR


La primera noche en Cosquín, ameritaba que en la ruta -en varios tramos- los autos fuesen a paso de hombre. Más lento a medida que la expectativa era más grande. Cuando la Plaza San Martín se abarrotaba de gente, cuando los desfiles hacían su parte, cuando entre el tumulto las guitarras en las espaldas, parecían una persona más.


Ameritaba que a las diez la bendición hablara de quienes “caminan” el Escenario Mayor. De que los fundamentales que pisan ese escenario y que son generosos, capaces de ponerse a un costado y ayudar a que caminen otros. El ejemplo fue Jorge Cafrune y Mercedes Sosa. La idea de brillar del Padre Roberto Álvarez, empezó a tomar forma cuando el cielo se iluminó con el fuego de artificio, cuando Claudio Juárez -Maestro de Ceremonias- conmovió al gritar: “Aquí Cosquín”. Cuando los Opus Cuatro homenajearon al Himno Nacional Argentino, antes de ser homenajeados; cuando “la sonora piedra de los ríos, que entregaba su melodía atesorada para que los hombres bebieran de aquel brotal antiguo”, volvió a sacar los “matices ancestrales de cada rincón provinciano, para que este fuera el rumbo de todas las guitarras, pañuelos e ilusiones” y del baile del Ballet Camin… La novena artística, que logró que un pueblo sea la Capital del Folklore, comenzaba a cantar…


Me darás mi alma de argentino y de cantor 

El comienzo fue el indicado. Jairo – Baglietto hicieron de las suyas, cuando se alimentaron “con una quimera” y nos convidaron al hacer un repertorio clásico, pero siempre efectivo. Porque ellos dos vinieron a “terminar eso de que rosarinos y cordobeses no están de acuerdo”. Sí lo estuvieron al cantar Hispano, de Jorge Fandermole. Y estaríamos todos de acuerdo, si alguna vez “Fander” tiene su merecido tiempo en el Escenario Mayor. 

El repertorio fue un primer homenaje a los “grandes compositores” y a los sentimientos más profundos. Palabras para Julia, que se resignifica si alguien es padre, Milonga del Trovador, con Piazzolla en las pantallas, Tonada de un viejo amor con Falú y Dávalos y Atahualpa Yupanqui que apareció con su mirada profunda, en Piedra y Camino, no solo en la letra sino en la imagen, acorde a ese momento y escenario. Antiguos dueños de las flechas, luego de El Ferroviario, El Tempano, fue el respeto por los verdaderos dueños de estas tierras, y a los géneros que se unieron en ese show. Cuando terminaron, el nombre de la noche de “Voces y Alma” ya estaba justificado. Y eso que faltaba…

Y en lo que faltaba estaba Opus Cuatro, toda una institución en la música, que festejaron sus 50 años, de ponerle más que el cuerpo a sus voces. Desde el Puente carretero tuvo como invitado a Peteco Carabajal, para luego sumar a sus antiguos miembros, entre ellos Alberto Hassán para cantar Todo Cambia, entre otros temas. Y si bien también cambiaron los miembros, el estilo y la forma nunca se dejó de lado. Ellos, embajadores de nuestra música que anduvieron por todo el mundo, se despidieron con Alfosina y el mar, un tema que los acompañó en todos esos recorridos.


 El viento trae una copla 
Y el recorrido se empieza en el viento. En el aire, que lleva el sonido hasta nosotros. Que primero pasa por los instrumentos y se convierte en melodía. Sin esto, no habría música ni cantantes. Sin eso, Che Chelos no estaría haciendo sus primeras -y excelentes armas- en la escena. Una “nueva sonoridad para viejos ritmos” que se festejan, que se aplauden por su virtuosismo y compromiso. Por saber dónde “no somos más que una coincidencia. Solo aires, solo vientos en esta tierra en movimiento”. Ramón Ayala, Tránsito Cocomarola y los Hermanos Ábalos, fueron versionados de una manera diferente con sus violoncellos, para que también con Rubén Patagonia, hayan presentado lo propio. Que no es ni más ni menos que “un mensaje en el viento”.

Ganadora del Pre Cosquín y encantadora en su primera noche, Ailén Sandoval se mostró emocionada y muy agradecida. Acompañada de un bajo -sí así también se puede hacer folklore- en las manos de Nicolás Fernández, su propuesta fue corta pero llena de novedades. No por lo nuevo, sino por lo necesario. O mejor dicho, lo nuevo lo pusieron ellos, lo necesario con algunos temas como Vidala de las estrellas de Fandermole, Chayita del Vidalero de Ramon Navarro y El Tímido de Raúl Carnota. Y un momento muy especial con su versión de Recuerdos de Ypacaraí ¿Cuántos no hacen temas repetidos, para el aplauso fácil?

Peteco Carabajal levantó a la plaza pasada la medianoche. Perdón. Vamos de nuevo: Riendas Libres levantó a la plaza pasada la medianoche. Hay que acostumbrarse a hablar así de Peteco, ya que no quiere actuar más solo. Encontró en la familia la mejor banda, y en el público la mejor complicidad.
Así fue que con Homero y Martina, nos dieron una docena de chacareras, en las voces Carabajal, que siguen siendo una fuente inagotable de sentimientos cantados, de canciones que tienen “El amor como bandera”. Y de éxitos (Entre a mi pago sin golpear, Puente Carretero, Digo la Mazamorra) que con el violín de Peteco, no hicieron más que reconocer una vez más, la calidad del santiagueño.


 Para cantar he nacido 

Un número 20 en globos dorados fue el puntapié para la presentación de “aquel muchachito que quería cantar y, una noche de enero, un tibio aplauso lo recibió”. Claro aquel tibio aplauso ahora es ovación, porque aquel muchachito es Abel Pintos.

Vestido de saco, para la ocasión, el homenajeado en realidad empezó a homenajear a la música desde el vamos. Ya había anticipado que iba a repasar canciones de todos los discos, para que vieran que desde aquella vez hasta hoy, se fue dando un proceso natural.

No hizo falta fuegos artificiales ni nada por el estilo. El encendido era él y Fuego de Animaná, lo demostró. La emoción se palpaba en el aire y se corporizó en él, que lo intentó disimular con sus lentes de sol. Pero no. No pudo. Se entrega tanto a su público, que antes de La Flor Azul empezó a llorar. Algo así como cuando en 1998 le agradecía al público, porque “los artistas no serían nada” sin este. Ahora el agradecimiento era por todo el crecimiento y la intensidad desde entonces. Cuando llegue el Alba fue lo previo al agradecimiento, al responsable del comienzo de su carrera por quien pidió un aplauso por su generosidad: León Gieco. Para cantar he nacido, terminó esa lista de canciones que recordó el primer disco homónimo. Ese disco que retrataba de la mejor manera su vida.

El recorrido lo llevó por todos sus discos y a puntos muy altos, dentro de una lista de 26 temas, donde ninguno tenía desperdicio. Pero Tonada de un viejo amor - antes que se cansen de cantarla este año- tuvo una versión hermosa y ni hablar de El Alcatraz. Acá el rock se apoderó del tema, de su cuerpo y su voz. Fue una sorpresa hermosa. Más sabiendo que el rock nacional ya cumplió 50 años y, por ende, los folclorólogos deben admitirlo como folklore. Sueño Dorado, Tu voz -en versión ska- y hasta Alelí. Ese tema que le permitió ganar todo en Viña  del Mar y la explicación de Víctor Heredia de que estaba feliz, porque Chile conocía “a un artista extraordinario”.

Jugando arriba del escenario, su “gracias” no faltó después de cada tema y sobre todo, cuando cantó La Llave, No me olvides, Revolución -disco que fue el quiebre en su carrera-. Pero el “gracias” desde abajo del escenario, llegaba en cada momento. Como en El Antigal, que conmovió a una Plaza que lo escuchó en un respetuoso silencio. En un silencio de admiración, que lo hizo llorar una vez más.
A la familia abelera le agradeció cantando Sin Principio Ni Final, antes de entrar a su última etapa, que cerró con Cómo te extraño, recordando a quienes no están y Oncemil,  luego de una placa conmemorativa por sus 20 años.

En realidad habría que hacer una sola nota, por la actuación de Abel y contar la vibra que había en ese momento. La verdad es que nos quedamos cortos, ante el artista del momento, que va más allá de cantidades de venta. Para resumir, hay que verlo sonriendo tanto en De sólo vivir y recordar que en una entrevista declaró, que componer es como reírse a carcajadas. “Es imposible programar un ataque desmedido de risa”. Este show fue un brote emocional sin igual. Este show, en la noche de “Voces del Alma”, fue su mejor canción. Porque como escribió Pablo Neruda: “La risa es el lenguaje del alma”. Y Abel puso voz, alma y su lenguaje. Como la primera vez, hace unos 20 años.


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