Notas
CRÓNICA EXCLUSIVA


30/01/2016

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RECORDAR


Un mediodía de enero en Cosquín, puede ser muy pesado, abrumador, molesto, incomodo. En una de las casas donde había un patio hermoso, lleno de magia, lleno de vida, el cemento muerte tapó todo. El lugar que era de “La Pao Bernal” ahora no se sabe muy bien qué es. Cuando el ahogo era total, el recuerdo apareció y casi como una llamada de candombe, el cuerpo y el alma nos fue llevando hasta el Patio de la Pirincha…



En el patio de “la Piri” hay cactus. En el pasillo y en el mural. En la tierra y en las paredes, pintados como muchas cosas que acá “pintan” diferentes, mejores, más hermosas. Y ojo, no es cursilería, es realidad. Pasa que esa es la mejor forma de explicar el lugar. O una de las tantas. El patio es un cactus, que crece, se mantiene solo, se nutre solo frente a tanto desierto de emociones. Muchos ven espinas, pero solo los que se animan a ir más allá, ven la flor.


Butacas viejas de la Próspero Molina, un árbol donde la sombra es más linda, música, arte, cultura. Personajes entrañables. Una pintura donde hay un gallo que insulta -Qué linda forma de despertar- Hay un escenario sobre las piedras, la tierra, el barro. Esas cosas son elementos insustituibles. El día que eso se pierda o se tape, ya nada será igual. Pero no hay dramas. Este patio es uno de los pocos lugares donde no hace falta ningún cambio, sólo el de uno para estar mejor.
“No gusta ser ‘clandestino’ pero no queda otra. Si no deberían poner cemento…” se escucha que dice “Piri” y eso asusta.


En lo de la Piri, la mística une. A veces da vergüenza de ir, a veces parece que tanta hermosura no es para uno. Pero si sos otra alma peregrina vas a terminar allá, sin dudar. El ritual se repite día a día, noche a noche. “El amor salvaje de mi soledad” canta Paula Paz, acompañando a “Josho” González. Allí, el apellido se convierte en una condición necesaria. Estando solos nos encontramos porque en el patio la libertad reina, y como dijo el “Indio” Solari: “La libertad a veces requiere soledad”. Se canta y se danza. Se siente, se vive “para que deje en la tierra las penas de ayer”, entonces nadie se priva de disfrutar. El cocinero baila con la actríz María Elba Arce. La tierra se eleva, aunque parece que el que se eleva es uno. El polvo no molesta, sino que decora.


Florencia llega a Cosquín y comunica la frase que abre la puerta a los sentidos: “En lo de la ‘Piri’”. “No aguantaba más, necesitaba esto” confiesa. Y todos en alguna medida, y los que requerimos en cantidades abundantes, necesitamos de este patio. Este patio que no es un simple patio. Es el recuerdo, el regreso, la trasnochada, el amanecer, el desayuno bajo el sol que quema los ojos. Es la luna arriba y en el extremo de la pared. Es la bienvenida a un mundo diferente, el despertar de las almas, el dormir de lo llano, de lo chato, de lo feo. Es el vino, la chacarera, es la zamba y la cerveza. Es el debate sobre y de música, es la música que no debate, no compite como decía Armando Tejada Gómez, sino que suma. Son los eternos borrachos, de alcohol y de melodías. Son los artistas y el público. Los renombrados y los anónimos. Es la vibración y la buena energía. Mariano Luque cantando, con su guitarra y atendiendo el buffet.

Es el abrazo largo sin tiempo, es el tiempo que abraza. En el “Patio de la Piri” conviven el artista “chuncano” y el más comercial. Aguirre no es José Luis sino que es “El Jose”. El “Negro” Valdivia te baila al lado. Más allá de canciones, se comparten formas de vida. Maneras de ver los sueños, de luchar. Se vomitan las tibiezas. De la vida, se mejoran las maneras.


Este patio no es uno más. Es “el” Patio del fuego, que brilla. Allí, donde el mar de fueguitos que somos y que escribió Eduardo Galeano, se concreta. Un patio que nos permite mirarnos y mirarlo sin parpadear. Porque al acercarse se –y nos- enciende.


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