Notas
CRÓNICA EXCLUSIVA


10/01/2016

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RECORDAR


Pocos artistas, realmente muy pocos, llegan despojados al escenario. Poquísimos artistas logran con ese despojo entretejer mosaicos de emociones. Entre esa inmensa minoría está Fernando Cabrera.


El compositor uruguayo, que hoy dará el último de sus cuatro conciertos en Café Vinilo, pisó las tablas casi con lo puesto: su guitarra de tiempo y de madera, su voz de ciudad y de río. Un atril con partituras, como pájaros, deplegaron bandadas de canciones. Ese microcósmos, de aquel paisito llamado Uruguay no necesita de amplificaciores.


La sala estaba habitada de silencios, de respiraciones. Yal fin apareció la música con “Viva la patria”, que nombra a su último CD. Y luego la propuesta fue un viaje al pasado: el itinerario “varios años para atrás” siguió con “María Elena”, “Agua” y “Desbordando barrios”. Aquellas melodías abandonaron los sonidos de los años 80 para resignificarse en el paisaje del presente.


“Me alegra, pero también me trauma un poco que escuchen mis canciones más antiguas”, dijo Cabrera y agregó: “todos sabemos donde está el pico de la vida, a los veintipico, ya ni me acuerdo”, subrayó.


“Voy a hacer una canción de aquellas épocas en las que le cantábamos a la libertad”, dijo y con su voz, profunda y casi azul pronunció: “Te quiero y te persigo/en las esquinas del país/te busco noche a noche/a un pelo de morir”. Así, con su guitarra apenas pulsada, Cabrera homenajeó a uno de los padres del folklore latinoamericano. Atahualpa Yupanqui se hizo poesía entres los versos de “Una hermana muy hermosa”, en clara alusión a su milonga.


En “Llanto de mujer”, aparecieron ecos de un tiempo en el que también cantaban Roque Narvaja o Daniel Viglietti, con felices coincidencias de estilo. Del desamor de aquella letra, el montevideano de 59 años llegó a “Por ejemplo”, y explicó: “la siguiente canción fue compuesta para ser cantada a dos voces, yuxtapuestas. Yo lo he intentado, pero no me sale. Se lo pueden imaginar” invitó, y luego, antes del intervalo, agradeció a los presentes por trazar ese imaginario contrapunto.


La segunda parte del concierto se abrió con un tríptico de clásicos: los aires carnavalescos de “Viveza”, que tocó acompañado únicamente por una diminuta caja de fósforos, antecedieron a las certezas y angustias de “La casa de al lado”, a lo finito e infinito de “Te abracé en la noche”.


La conmoción se instaló con la poesía y entonces Cabrera propuso otro matiz con “Crítica” y una acotación: “es un tema dedicado a mí mismo, pero tampoco significa que esté de acuerdo con todo lo que dice”, señaló.


Entre canción y canción el artista y el público dialogaban en un código invisible, íntimo, claro. El pacto era la música, simplemente. Él, trazaba universos, recreaba historias: su hermano carpintero, el Barrio Unión. Tal vez Cabrera haga de cada vivencia una canción, o tal vez las músicas lo habiten casi sin pedirle permiso. Lo cierto es que no necesita de volúmenes mayúsculos, que demuestra que no se ha perdido la sutileza la de la escucha en estos tiempos donde casi todo aturde.


Minucioso y hasta risueño Cabrera reveló: “ahora voy a hacer el tema más careta de todo mi repertorio, porque mi casa es como un depósito donde yo soy casi un bulto más”, dijo antes de entonar “Diseño de interiores”. Ye entre las últimas palabras de guitarra, emergieron la sensible “Puerta de los dos” y “Punto muerto”.


El final llegó con la intensa cadencia de “El tiempo está después” y el esperado bis fue “Dulzura distante”. Cabrera dará hoy su último concierto en café Vinilo, quienes quieran viajar, recorrer una posta fundamental de nuestra música, por sitios exquisitos de un cancionero ineludible, no desaprovechen la oportunidad.


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