Notas
CRÓNICA EXCLUSIVA


01/05/2014

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RECORDAR


El campus de la Universidad de Villa María, no tiene nada que envidiar a nadie. Y los músicos que salgan de ella menos aún. Se escucha entre los pasillos las voces de los miles que estudian, y los sonidos de los cientos que llevan a los instrumentos su pasión y sus ganas de aprender. Uno se queda mirando a través de las puertas. Adentro hay chicos de esta generación que busca un lugar. Parece que lo empezaron a encontrar en las aulas.

La ciudad recibió el 5to Encuentro Generación XXI. La nueva canción folclórica es lo que se debate. El escenario para los cantautores de lo nuestro, se mudó por un fin de semana al centro del país. Córdoba y Santiago del Estero representados por los nuevos, bajo la mirada de los históricos.

La música hecha debate

En el Teatrino, a pocos metros, Víctor Pintos modera. El, que vivió un tiempo con Mercedes Sosa, sabe de caminos recorridos. Es siempre una referencia grande, un llamado al conocimiento sin prisa. Pero además, sin pausa. Al frente de él están los responsables de los que escribimos sobre esto.

Suna Rocha, la “cordobeña” que aportó tanto a la cultura, es tan grande que ve como pasar la posta, llegado el momento.  Mauro Ciavattini, del Trío MJC, es profesor en la Universidad. Enseña música, habla música,  o comparte la suya –como le quieran llamar- luego de recibirse en la “escuela de la vida”. De allí, muchos de los inolvidables salieron.

Marío Díaz nacido en el primer pueblo de Córdoba viniendo desde La Pampa, habló de la innovación. Eso es respetar lo que ya se hizo, y enriquecerlo mucho más. El nacido en Huinca Renancó dio muestras de que sabe de lo que habla. Seguro aprendió del “Cuchi” Leguizamón. Lo llevaba en su remera, para no equivocarse en nada.

Daniel Patanchón, de Santiago del Estero hablo desde el lugar del “menos conocido”, pidiendo que las letras respeten las raíces. Las que se ven en la calle, en el barrio, en la historia. Esa historia que tuvo a los Hermanos Ábalos, como referente. Esa historia que sin ellos no hubiese sido la misma. Y ahí, en la mesa para contarlo Vitillo habló. Él pidió que el fuego no se apague. La llama se tiene que mantener con el respeto de los que vienen. Él que más que santiagueño es universal, fue la palabra de honor.

El escenario entre la gente

El jueves a la noche está fresco en Villa María. Pero no dentro del Centro Cultural Leonardo Favio. Allí, varios artistas de folklore están dispuestos a dar espectáculo. A regalar música.

Es jueves y el primer día del Encuentro termina de la manera que pidió Vitillo Ábalos. Hay un fogón que no quiere ser apagada. De eso también se ocupa celosamente Hamlet Lima Quintana. Sus fotos, dibujos de él, y su memoria están ahí. Sentado, al lado de una ventana se refleja en una captura. Todos creen que no se fue. Siempre algo de él nos va a acompañar.

Hay un pequeño escenario. Es una tarima. No hace falta que sea tan alto, no hay tanta diferencia entre los que tocan y los que escuchan. Eso también es música.

Los locales de El Guadal fueron los encargados de abrir. Ellos entre chacareras, y el toque local lograron que a los que estaban sentados en suelo le bailaran los pies. El regalo de ellos, fue devuelto por un regalo de esos que no siempre pasan. Vitillo Ábalos, con casi 92 años y su bombo, los acompaño. Esa debe haber sido una de esas materias que aprobaron de por vida.

El segundo en subir fue Daniel Patanchón. Son tres canciones por artista. Hay respeto por el otro, por la gente. Empieza puntual. La guitarra está iluminada. No hace falta decir más nada…

Mi regalo de cielo, Lapacho en flor, Bailecito de América son sus temas. Al frente de él, una nena improvisa una danza. Baila como le nace. Es lo mejor, y más aun sabiendo que no supera los 8 años.

Marío Díaz que se muestra sencillo al hablar, también lo hace al cantar. Ese debe ser uno de los secretos de su fórmula. Para cantar tan bien, para llegar tan hondo. Para tener ese rasguido, ese punteo  de las cuerdas que es tan cuidadoso y sentido que no queda más que mirar y tratar de aprender.

Canción del árbol de mi patio, La Bailarina, Coplita del Querendón suenan mientras uno como Marío, quiere ser una voz que se mezcla en el viento y hacerle llegar lo que pasa, a la persona indicada.

El Trío MJC, es ese orgullo de que hay salido de Córdoba. De que hagan tareas pedagógicas en Colombia con y gracias a la música. De que sean jóvenes, de que mantengan viva su propia llama y con eso contagian. Zambita florecida, Al parque de los deseos, El camino del Chango Spasiuk, y La Olvidada que grabaron con Juan Falú son lo que salen del teclado de Martínez, el bandoneón de Jaurena y todos los vientos de Ciavattini. Justamente él, se llevó las miradas de sus alumnos. Pero además porque toca el saxo, la flauta, flauta traversa y la quena de la misma forma. Con un estilo particular. Una sensibilidad que hasta el más ignorante de los instrumentos se da cuenta, que es un virtuoso. Ellos que no cantan, y dicen con sus melodías,  también  encuentran de esa forma, ser esa voz que se mezcla en el viento para que alimente, para que mantengan viva esa llama tan nuestra.


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