Notas
NOTA DE INTERÉS


08/04/2014

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RECORDAR


Tucumán me sorprendía a la mañana. Un viaje para dar una sorpresa a la mujer que me vio nacer, traía una sorpresa en forma de música. En los pueblos aledaños las cañas de azúcar y los arcos pintados por los equipos más famosos de la provincia me daban una postal de pasión y dolor. La pasión por todo lo que hace a Tucumán. La empanada, pero sobre todo el folklore. El dolor por la sangre derramada gracias a los Ingenios. Si hay mucha pobreza es histórica, desde que pocos tuvieron mucho y muchos de los que trabajaban entre las cañas nunca tuvieron nada. Y porque en los años oscuros de la dictadura, los desaparecidos de voz, también lo fueron de cuerpo entre esas tierras.

El recorrido por las calles históricas muestra que la historia no siempre fue buena. O mejor dicho no siempre fue respetada. La fachada de la Casa de Tucumán, nada es original salvo la Sala donde se juró la Independencia. Algo es algo.

La historia de Tucumán tiene dos polos muy marcados. No hay punto medio o se tiene la excelencia de Mercedes Sosa, o la oscuridad de un gobernador que entristeció a la provincia. Lo pongo en minúscula, porque no merece nada mayúsculo, salvo la memoria para no olvidar esas cosas.

La noche ideal

Mi viejo es amante del folklore. Bailó en Cosquín en los ’80, me contó que estuvo guitarreando con Eduardo Falú y Atahualpa Yupanqui. Eso, contado a metros de entrar en el Museo del Folklore es mucho. Al entrar un repaso por los instrumentos me llevan al espacio dedicado a Mercedes Sosa. Las manos tiemblan, la voz se corta, el alma se impacta. Hay un vestido de ella en una caja de cristal. Hay ganas de romperlo y abrazarlo. Sentir el perfume de tan grandiosa mujer. Una vez un periodista me dijo que me cuidara de las adjetivaciones, pero con ella no se puede. Ando por la vida con la pena inmensa de nunca verla en vivo, mejor dicho de escucharla.

El encargado me comenta lo excelente que era y me invita con un folleto a un recital de esa noche. “Toca el sobrino, Adrián y Bruno Arias” me dice. Esa noche la actividad ya estaba decidida. La música era la mejor manera de terminar los 50 de mi vieja.

El encuentro

Nunca me había puesto a ver el folleto. En él se comentaba de la Generación XXI. Los intérpretes y creadores de la “nueva” música argentina, se reunían a debatir sobre los caminos a seguir y los que se vienen caminando.

Ya en la noche el patio del Museo tiene unas 200 personas. Yo que todavía no entendía cuál era el motivo, me alegré de ver tanta gente. Cuando me enteré la finalidad me puse feliz.

El encuentro se hacía entre poema y música.  Maby Sosa era la culpable de tan bellas palabras, cuando recitaba poemas. En realidad quienes escribieron hace tiempo. Pero ella les ponía la voz ideal, el alma necesaria.

Fragmentos de la “Zamba Tucumana”, se tornaban difíciles de no escuchar. Es una Sosa, tiene rasgos de la “Negra”, entonces todo se llena de una magia especial y difícil de explicar en palabras. Bombo en mano, Adrián se sienta frente al micrófono y el homenaje que es a los acordes de esa provincia, lo son para la música en general. La buena música.

Zambita de los Pobres, La Raqueña, La Tucumanita -entre otros- en la voz de Adrián y los poemas en la lengua de Maby, como “La heredad del miedo”, más otras obras de Yupanqui, Dardo Solorzano y Rolando Valladares,  pintan a la noche con perfecta armonía.

Había amenaza de lluvia, pero si hablando la gente se entiende. Cantando y recitando, la naturaleza es más sabia, comprende, espera y escucha.

Palabras hechas canciones…

Era el título que se le dio al evento. Y para eso qué mejor que Bruno Arias, que no solo participó en los paneles, sino que cantó. O mejor dicho habló con música. Porque no es cantante, Bruno ya es cantor. Tiene cosas para decir y cuando no puede, sus remeras hablan por él. “Las rejas no pueden callaran la verdad” señala la que tiene, y así su pecho también es un grito.

Sin olvidarse las raíces, a veces parece un rockero. Eso es un equilibrio sano y necesario. Como tambiñen es necesario escuchar lo que canta. O a qué le canta. Canción de la Conana, la piedra donde se muele maíz, Florcitay del campo, Tilcañerita, Dialogo con la chacarera, Kolla en la ciudad, Cinco siglos resistiendo, entre tantos que hablan del pueblo, del compromiso, de la música. De los que nunca fueron tenidos en cuenta, de los que perdieron todo cuando los trenes dejaron de funcionar cuando canta “El tren de Alemanía”, o “Don Quintín el intruso” dedicado a la comunidad originaria yampa.

El consagrado en Cosquín en 2013, ya lo es en todo el país. Por lo que dice, por lo que canta, porque no olvida, y paradójicamente hace olvidar cuando baila y hace bailar. Allí es cuando el carnaval jujeño se hace presente, y en él toda una región está representada.

Ya es viernes 28 de marzo. Todo vuelve a la tranquilidad cuando se van los presentes. El alma de Mercedes se queda cuidando esa casa. Yo en un momento la encontré, la sentí en el aire. También me reencontré con mi madre, que nunca pensó festejar así su cumpleaños número 50. Todo era fiesta, todo -con el folklore de por medio- era un abrazo de esos que duran para siempre.


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