Notas
CRÓNICA EXCLUSIVA

LA ALEGRÍA COMO COHERENCIA


17/04/2012

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RECORDAR


Una lluvia insistente amenazó con aguar la segunda jornada del FIFBA. Pero apenas pasó el chubasco, miles de personas se acercaron hasta los bosques de La Plata para vivir lo ya insinuado el viernes inaugural del festival.

Un poco retrasada por el clima pero con el espíritu festivo intacto arrancó Sofía Viola desde el Zambódromo. Con su extraño registro, su voz salvaje, su actitud punk, su humor ácido y blandiendo con energía su charangón, cautivó a un público que se dividió entre jovencitas alternativas que coreaban sus temas y adultos que sonreían ante la sorpresa de escucharla. Al cantar su pegadizo “Galáctica y real” ya tenía a todo el público en el bolsillo.

Mas tarde llegó el turno de Los Jóvenes Musiqueros que, trajeados y prolijos, trajeron remembranzas de campo santiagueño y no perdieron la oportunidad de recordar y homenajear a Sixto Palavecino.

El sábado del FIFBA estuvo invadido de mujeres poderosas. Continuando con esa línea, subió a escena La Orkesta Popular San Bomba. En la primera voz, claro, una chica. Veintidós músicos en escena y una alegría contagiosa marcaron el paso por el escenario de la agrupación y dejaron en claro que, en una misma propuesta, la cumbia puede convivir con el rock y una cellista con un DJ.

Por el retraso causado por la lluvia, la organización decidió superponer los shows de Liliana Herrero (en el Anfiteatro) y el de Mariana Baraj. Una pena para quienes gustan de ambas artistas pero sirvió para que nadie se quedara sin show luego de que el Anfiteatro cerrara las puertas una vez agotada su capacidad.

Los que estuvieron en el show de Liliana disfrutaron de su voz y su eterna capacidad para transitar un borde, un precipicio, parecer siempre tambaleante. Oscilar entre la melodía y el fraseo coloquial, entre el susurro y el grito y salir siempre triunfante. Como la equilibrista que mantiene en vilo al público mientras sonríe sobre la cuerda, su mágica voz, tan humana, tan poco pretenciosa y a la vez única, y esa personalísima manera de entonar siempre terminan conmoviendo. Liliana convence sin dar ni una excusa. Luego de haber interpretado una melodía la transforma, nunca más será aquella que fue ideada por su creador. Ella la pone en un universo paralelo a la interpretación. Agradeció el silencio del público y dijo: “Esto demuestra que no es necesario cantar a los gritos y que se pueden hacer otras cosas en un festival”.

Simultáneamente, pero en el Zambódromo, Mariana Baraj -subida a unos tacos muy altos, apretada de vinilo negro y como único accesorio pezuñas sonoras en los tobillos- hipnotizaba con temas de su disco nuevo: Churita. Una larga introducción puso el clima justo para el despliegue de su inmensa y trabajada voz. Vidalas, bagualas y una versión futurista de “El 180” terminaron de dejar en claro por donde pisa firme esta artista.

Al despedirse Baraj la gente corrió hasta el escenario Alternativo donde la “front-girl” de La Delio Valdez arengaba al ritmo de cumbia colombiana muy bien reinterpretada por argentinos.

Ya se iba caldeando el ambiente y el bosque estaba infestado de gente sonriente y tranquila. El promedio se calcula entre 45 y 50 mil personas. ¿Incidentes? Cero. ¿Disturbios? Cero. Que La Plata es una ciudad universitaria lo sabe todo el mundo. Y ahí andaban ellos, los estudiantes, contagiando vitalidad entre la multitud, invitando al baile, vendiendo típicas comidas caseras de feria (panes rellenos, empanadas y hasta alfajores de harina de lenteja) y convidando mate a los artistas.

De pronto, la máquina del ritmo arremete desde el escenario Panorama. Es La Bomba de Tiempo, la contundente creación de Santiago Vazquez que atrae como un imán a los últimos distraídos del bosque. Los diecisiete percusionistas dirigidos por tandas por Ale Bolivar, el propio Vázquez y Andy Inchausti parecieron hacer brotar el latido de la tierra en lo que fue una verdadera comunión con los presentes.

El primer invitado de La Bomba, Antonio Tarragó Ros, se autoreivindicó: “Me trataron como un iconoclasta cuando empecé a tocar chamamé con percusión, porque hasta entonces era usado de manera ritual”. El momento más intenso se vivió cuando interpretaron “El Toro”. Siguieron los aires chamameceros con el vertiginoso Dilo Escobar. Y como cierre de lujo subió Liliana Herrero dedicándole su performance a Violeta Parra, de quien cantó una power versión de “Arriba quemando el sol”. Luego, arrancó a capella con “Caminito” de Fernando Barrientos y terminaron a pura chacarera con “Cerro Colorado” coronando uno de los momentos más significativos del festival.

A esa tremenda explosión de energía se sumó el Negro Rada quien subió a escena con un público encendido y con ganas de más. Apenas se insinuó “Ayer te ví” y ya el público se rindió a los encantos del uruguayo que derrochó buen humor. El set de Rada fue casi interactivo y, por momentos, era estremecedor ver a tanta cantidad de gente coreando y acompañando con palmas los desafíos del artista. Pero Rada no es sólo carisma y buen manejo escénico. Es un señor que se divierte con la música desde el lugar que se le antoja. Ya sea versionando a Gardel con “El día que me quieras” o el dulzón “No me queda más tiempo” o dejando que sus músicos se luzcan como lo hizo su hijo Matías, el guitarrista de su banda, que no tuvo pudor en pelar riffs furiosos y distorsionados que fueron ampliamente festejados.

A diez minutos de que finalice el día emergió la esperada Totó la Momposina. Descalza y revoleando su amplia pollera azul y dorada se adueñó del escenario con una presencia rotulante. Disparó: “Nosotros hacemos música de la identidad, representa la parte ancestral de los habitantes de la tierra”. Totó, que a pesar de su edad y su defensa de la tradición, es una gran innovadora, habló de la incorporación de instrumentos eléctricos a la cumbia: “Están al servicio de nuestra música. Los instrumentos enchufados tuvieron que estudiar y adaptarse al sonido de las gaitas”. Nombró las gaitas colombianas y arrancó el tercer tema de la noche con el sonido de este típico instrumento en primer plano, a los que luego se le sumaron guitarra eléctrica, saxo, clarinete y hasta un baby bass.

El delirio de la gente no dejó que se fuera y respondió al segundo bis de la noche con una sensual versión de “El Pescador”.

Con la energía de una adolescente, casi una hora y media estuvo Totó sobre el escenario cerrando una feliz jornada de una fiesta cultural signada por la presencia de la negritud, los tambores y las mujeres.


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