Notas
CRÍTICA DE DISCOS


18/05/2012

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RECORDAR


Dentro del “folklore del folklore” parece haber una singularidad muy apreciada: la potencia, la saturación. Ya decía, en tono de broma, don Carlos Carabajal: “canta fiero pero fuerte” -respecto a las virtudes que debían tener aquellas voces que, en esa época, sin micrófonos de por medio, debían encaramarse a los escenarios de los bailes de campo y hacerse escuchar hasta donde estaba el último rezagado. Pareciera que algo de esa cualidad quedó adosado al encasillamiento del género que aún hoy -a pesar de la tecnología- nos sigue trayendo a los escenarios de peñas y festivales a algunos gritones, desprolijos y parafernálicos cantautores. Coincidentemente, estos arengadores de la chacarera desprenden un tufillo a naftalina y cada vez se parecen más a una caricatura del verdadero artista de folklore que buscan plagiar.

Sin embargo, y por suerte para nosotros, hay ejemplos contrapuestos que nos dan esperanza y confianza en la evolución y buena salud de la música de raíz: es el caso de Daniel Patanchón. Su disco Donde todo comenzó es un producto delicado y armónico. Con la melodía en primer plano y una limpieza musical y estética que deslumbra, “Pata” nos introduce en un estilo asentado en el extremo opuesto del folklore histérico que algunos practican.

Su voz considerada, casi tímida, contrasta con lo rockero de los arreglos. Pareciera que en Pata conviven dos seres opuestos: el que canta y el que toca. Uno amable, otro provocador. Uno blando y el otro áspero, potente. Sin embargo, estos extremos conviven con armonía en una composición elegante y una melodía fluida.  Estas, sentadas en la otra punta del sube y baja van equilibrando y jugando, yendo de un extremo al otro, haciendo peso ahora en la suave voz, ahora en la casi agresiva distorsión de su guitarra.

En Donde todo comenzó conviven la batería y el contrabajo, la Fender Telecaster y el charango, el sintetizador y el bombo legüero. Lo presente y lo ancestral. La composición desde la masculinidad pero también el toque femenino en las voces dulces y potentes de Mavi Díaz, Marilina Mozonni y Laura Ros.

Pata parece hablar con la guitarra. Una conversación profunda casi melancólica. Toca y canta sobre el exilio, el paisaje natal (y el recorrido), el amor, las historias pequeñas, cotidianas. Todas las composiciones son propias con dos excepciones: una es la tradicionalísima “Costumbre criolla” de Manuel Jugo y Orlando Gerez, próceres de la música folklórica santiagueña y con esta versión le pone tierrita a este disco prolijo por donde se lo mire. La otra es una canción de Manuel Orellana: “Te invito a crecer”.

Los años de acompañar al enorme compositor Horacio Banegas le dejaron esa impronta de folk-rock sin estridencias y la claridad para arriesgarse sin temeridad. En la actualidad, como primera guitarra de Peteco Carabajal sigue imponiendo su personalidad musical y confirma que no se sólo se trata de un virtuoso instrumentista si no que también es un ser creativo y con estilo propio.

Mi preferida del disco: “Lapacho en flor”, una composición con aires de free jazz. Pata en la guitarra acústica, el contrabajo de Pablo Motta, la voz penetrante de Mavi Díaz y Panky Malissia en la batería mientras se escucha “Soy la nada entre mucho, soy arena”. Así, con esa humildad, como pidiendo permiso, a lo santiagueño, pero con paso firme y certero, va Daniel Patanchón desandando su camino.


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