Notas
CRÓNICA EXCLUSIVA


15/04/2012

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RECORDAR


La primera imagen de este viernes nublado es una niñita con un vestido de princesas de Disney bailando frente al escenario alternativo donde Lorena Astudillo entona una chacarera. Al lado, un nene me muestra su remera negra y me dice: “Yo soy fan de Arbolito y de… Pink Floyd”. Estos niños son una buena síntesis sobre qué es el FIFBA: un festival donde la tradición no se riñe con la vanguardia, donde parece que todo está permitido y los márgenes del llamado “folklore” se abren para bien. Desde el centro de la costumbre a los límites de la innovación. Desde un homenaje a Horacio Guaraní pasando por la psicodelia de Los Mirlos hasta el chamamé electrónico de La Yegros y Gaby Kerpel. Bienvenidos.

En el bosque de La Plata donde se desarrolla esta cuarta edición del Festival Internacional de Folklore hay varios escenarios. Uno de ellos -el más bajo, sin pantallas ni demasiados despliegues tecnológicos- se llama el Zambódromo. Allí tienen lugar los recitales más íntimos. El público, sentado en el pasto, está tan cerca que comparte el mate con los artistas. Ahora es Raly Barrionuevo quien ocupa este espacio. Apenas acompañado por su guitarra, su melodiosa voz se expande entre los árboles, creando un clima tan íntimo que -en vez de las típicas palmas- la gente acompaña la versión unplugged de “Si acaso vuelves” con chasquidos de sus dedos. Son 700 las personas que lo escuchan ensimismadas.

Al rato, arranca “Cuarto menguante” sin la típica histeria ni grititos femeninos que en los shows suelen acompañar a los primeros acordes de esta canción. Entre verso y verso, Raly sorprende con una confesión: “Estaba hecho mierda cuando hice este tema”.

El santiagueño demostró que es capaz de pasar de un estado casi introspectivo a armar el baile y no por ello estar ajeno a la coyuntura social, cuando hizo subir al escenario a un estudiante que reclamaba porque la Escuela de Danza de la Plata se encuentra cerrada por el mal estado del edificio, dejando a casi 600 alumnos sin clases.

Promediando las siete de la tarde un imprevisto corte de luz interrumpió el recital. El desconcierto primario se vio reemplazado por la emoción cuando a voz pelada, Raly entonó “Chacarera del sufrido” para un público que deliró con la proeza.

Luego siguió la presentación oficial precedida por un numeroso y colorido desfile de comparsas que guió a la multitud hasta el rescatado anfiteatro (abandonado durante la época del menemismo).

Ya que el eje de esta edición está puesto en el respeto y cuidado de la naturaleza, fue acertado el ritual de inicio que protagonizaron Tomás Lipán y Las Hermanas Cari a la manera que se realiza en Jujuy durante la Fiesta de la Pachamama. En el marco de los imponentes bosques platenses se hizo escuchar el reclamo por los desmontes, ya antes presente en las letras de Raly y ahora en el pedido de las jujeñas.

Luego la gente se trasladó de nuevo hasta el escenario alternativo donde la pulposa La Yegros enfundada en un apretado vestido a rayas, medias de red fucsia y tocado de plumas al tono sorprendió con su música litoraleña electrónica. Apoyada en una banda sólida (el talentoso Gaby Kerpel incluido) y con su particular voz, transformó al bosque en una rave telúrica.

Ya en el escenario mayor, el llamado Panorama, Bruno Arias desglosaba su “Changuito voz de urpila” seguido por “Kolla en la ciudad” que le da nombre a su último disco. El jujeño está cada vez más asentado, su banda suena contundente y su propuesta convence definitivamente. Siempre preocupado por los conflictos indígenas, dedicó “Caminantes” para  la Comunidad Qom “La Primavera” apoyado en imágenes que sensibilizaron al público que a esa hora del viernes completaba la cifra proporcionada por los organizadores: treinta mil almas.

Se acercaba el cierre y la prometida presencia de Los Mirlos. Unos minutos antes de subir al escenario, el líder del tradicional conjunto de cumbia amazónica, Jorge Rodriguez Grandez, dijo que se alegraba de la valoración que se le estaba dando a la cumbia peruana y al ser interrogado por la banda anglo-francesa Chicha Libre (presente en ediciones anteriores del FIFBA) dijo estar muy contento por el trabajo que habían hecho. Luego rescató a la cumbia villera como la cumbia al estilo de los argentinos.

“Eres bonita pero mentirosa” coreaba una multitud eufórica al ritmo de los peruanos que de pantalón y chaleco verde más camisa aleopardada y zapatos impecablemente blancos, hacían delirar desde adolescentes neo hipies a matrimonios que bailaban, seguramente, recordando viejas épocas.

La bienvenida fiesta cumbiera abre el espacio de reflexión: el festival, en su propósito de valorar tanto la música folklórica proveniente de un concepto intelectual como de un fenómeno popular, tendría que tener en cuenta, de ahora en más, a expresiones populares argentinas como la guaracha santiagueña, el cuarteto cordobés y la, ya mencionada por el líder de Los Mirlos, cumbia villera.

Y hablando de la música que parte de una racionalidad más que de un sentimiento popular, el cierre estuvo a cargo de Arbolito, adscripto en esta vertiente. Formado por buenos músicos y buenas intenciones, más con cierto tufillo a snobismo, repitió su fórmula que le resulta exitosa, sobre todo entre jóvenes urbanos y universitarios. La Chilinga aportó emoción con la percusión y la despedida fue a pura fiesta con la promesa de volver al día siguiente.


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